Nilo Casares. Al arte le sobra piel y le falta carne

Al arte le sobra piel y le falta carne

Lo que sigue ya fue dicho y escrito de una u otra forma: espero no aburrir a nadie con estas palabras repetidas.

Como no lo voy a decir mejor, me conformo con recoger la 72 de las Adagia de Wallance Stevens (según la traducción de Marcelo Cohen publicada por Ediciones Península/Edicions 62) donde nos recuerda que «El poeta es el intermediario entre las personas y el mundo en que viven, y también entre las personas entre sí; pero no entre la gente y algún otro mundo». Intentaré llegar al mismo sitio y espero que con la misma claridad, aunque a veces lo menos seguro es que los artistas quieran acercarse a los demás de una manera sincera y no con la impostura del autor huyendo del estreno de una de sus obras al ver el teatro lleno; entre ciertos amantes de la alta cultura esto es un hito, en algo me equivoco si concito la anuencia de tantos, aunque el reducto absurdo de quienes se esconden tras las palabras esdrújulas, y hasta sobreesdrújulas, por considerarlas más próximas a los sentimientos esdrújulos (perdón por la paráfrasis) y excelsos, no me interesa; caminan por la alta cultura pensándose de sus pocos partícipes y desprecian todas las manifestaciones populares, seguro que populacheras en su habla áurea porque no se identifican en ellas desde una atalaya para la que no dan entradas; son personajes de cartón-piedra movidos por un olor gris a tiempo muerto. Por los callejones de poca luz, en horas plebeyas, la alta cultura corre para casa o ya va por el quinto sueño porque no sabe nada, y vive muy lejos de esa cultura popular que no comprende porque cree propia de una vida superficial y terrestre, muy lejos de la suya.

El Arte Público, al menos el que me interesa, tiene una conciencia clara de la finitud que somos, del tiempo que nos toca vivir y del que nos queda (esto en mayor medida), sin olvidar nunca la condición ciudadana que nos es común por vivir con otros, casi siempre ignorada (la condición común) por ese espíritu excelso al abrigo de obras cerradas sólo al alcance de mentes preclaras (en realidad parásitas) ignorantes de que el impacto en la ciudadanía no es más que prueba del éxito comunicativo; pueden apuntarse miles de ejemplos contra esto, tengo contraejemplos para casi todo y en nada restan certeza a lo dicho, es un problema de interés y acentos, porque el lenguaje es falaz como el conocimiento.

Existen artistas que desean desde el primer día llegar a la trastienda de las cosas y sólo lo consiguen entrando al fondo de todos porque nosotros somos las cosas, no hay nada que haga a la cosa tal si no es a nuestro través, por eso cuando uno busca llegar a los demás para dejar en claro que estamos en el mismo sitio, el primer paso ya está dado.

Vuelvo sobre mis propias palabras, traídas desde otro sitio.

Desde hace tiempo distingo entre ciudadano, consumidor y usuario para entender los caminos que las nuevas formas artísticas abren a sus fruidores; empleo ciudadano cuando veo al destinatario de la obra integrado en su desarrollo de una manera vaga, inapreciable para él pero substancial para ella, descubierta al reconocer algo fuera de su sitio o puesto en la misma acera por la que el peatón pasa para ganar su atención, quien tras reparar en el desnivel ocurrido rebrota en ciudadano, el antes peatón; consumidor señala al que deglute la obras con la bulimia propia del lector de fichas técnicas, siempre abajo y siempre a la derecha para que la reverencia ante la obra sea mayor y donde corresponde; usuario refiere a ese nuevo receptor de obras de arte que cree culminarlas porque interactúa con ellas al llamar la atención de la interfaz puesta entre la obra y él, algo que le lleva a las cimas de la concreación (mal de época que debería desaparecer a la velocidad con que deviene obsoleto cualquier ordenador), cansado de oír hablar de interactividad, el golpe de ratón, teclado o pantalla me parece un simple pasar la página que veo igual de interactivo.

Repito esto para dibujar el término ciudadanía como retrato de interlocutores capaces y competentes de las distintas manifestaciones artísticas, pero no porque lleguen al estado de inteligencia por sí mismos (también) sino empujados por un autor que renuncia a imponerse sobre lo demás tras haber descubierto que (él) no importa.

Entre las muchas contradicciones posibles incubo mi admiración por una lírica egótica que consigue fundar un sentido común casi de empuje épico, y esto sólo lo veo posible cuando el individualismo renuncia a ser protagonista porque no hace falta, pues de ello se parte, y tranquilo coadyuva al gozo, seguro de que la sonrisa encierra más que un ceño fruncido por el qué de la sorpresa no manifestada porque ya no te molestas; estamos de vuelta ¿verdad? No, estamos hartos de fingir.

Entre los miembros del Arte Público se da sobre todo un interés por influir en los demás mucho más acusado que el de trascender a los otros, quizá porque esa diferencia entre unos y otros no se reconoce o al menos no es algo que se tenga presente porque dudas de ella, desde luego no es ése el caso de artistas menos volcados a la ciudadanía a la que no dedican un tiempo que les roba el sobrevolar las cosas.

Para mejor comprensión de la afirmación de Stevens tal vez fuera necesaria otra de sus Adagia y leer la 49, «La abstracción es parte del idealismo. Es en tal sentido que es fea», aunque prefiero insana porque feo no es palabra que descalifique bastante; la abstracción como peldaño hacia la nada ni dice ni tiene otro valor que el regocijo en uno mismo, salvo las contadas excepciones del viaje interestelar protagonizado por todos aquellos que se funden en una mística del sentido de fuerte raigambre extraterrestre.

Existe una paradoja que un egoísta ilustrado como yo (vamos, un neoburgués de los que tanto abundan por Europa) es incapaz de asumir: con el avance del tiempo, todo hacia adelante según férreas leyes de campanario, cómo es posible que pasen los días y se gane en individualidad si al ir a hacer vuelven a faltarnos manos y necesitamos otra vez como antaño y cada día más de los otros para culminar nuestros propósitos; hasta no hace mucho uno solo se las apañaba de lo mejor para llevar a término cualquier cosa, hoy con el complejo técnico-industrial para todo unas cuantas personas, y ello a pesar de haber logrado una película con lo que antes no pintabas un cuadro; una pista de por donde deben ir nuestros análisis para dar con la verdadera utilidad de un arte que devora una cantidad enorme de recursos económicos y sociales.

Cada vez soy más partidario de distinguir las artes en industriales y manufacturadas; en las segundas sobrevive la rancia intención de enfrentarse cara a cara y uno por uno, como a medida; dentro de este grupo tendría sentido hablar de Arte Público como intención distinta a la esperada; a las artes industriales (el cine, la radio, la moda, la publicidad, la música de baile, la televisión, el web.art, entre otras) sólo les cabe el interés público, aunque en un sentido dependiente de los distintos poderes que participan en su producción nada atractivo y muy lejos del Arte Público Protestón o Protestatario que pone a cada cual en su sitio y al peatón lo deja en la calle con cara de domingo en medio de un ajetreado e industrioso viernes: en los días de a diario a la gente sólo le cabe esperar su dosis de tedio por el camino de todos los días, si los sacas de ahí estás yendo a por ellos, entonces nos encontramos con el Arte Público al que me refiero: si los dejas a su ritmo con las cosas de siempre eres un celoso guardián de su intimidad y respetuoso cultivador de unas inercias que los mantienen atados a una cotidianidad que no transpira, y esto lo puedes hacer desde el Arte Público Institucional o desde la Lírica del Yo como nadie, y tú un poco menos.

El Arte Público brota sobre todo de las artes industriales, por eso ahora que las distintas tecnologías de la información y comunicación vuelven a pegar fuerte revive el concepto de lo público, tal vez porque ya no se desee ni quepa lo privado. No hay que descuidar estas cosas, hoy todo es en público y poco de lo público es bueno, en otro sentido que cabe considerar. Hasta hace nada uno se iba a vivir a la ciudad, o a una ciudad más grande, para conseguir el anonimato del que disfruto; no conozco a mis vecinos y casi ni les saludo, no tanto por no meterme en sus vidas, como porque no se metan en la mía; en una ciudad media como la que habito esto es común pero en decadencia, pasará a ser utopía del siglo 19 y ciudadanía a la Baudelaire. Las miradas preguntonas (inquisidoras) comienzan por el tránsito de vehículos, es la primera disculpa, conocer el estado de las carreteras (de las vías de comunicación) para ver si la masa ociosa puede discurrir con la normalidad que supone ir todos a la vez a los mismos sitios y seguir haciendo lo de siempre a quilómetros de distancia, porque no se va a otra cosa; bajo disculpa de conocer el estado de las carreteras se dispone la óptica necesaria para vigilar los movimientos masivos, después las mismas cámaras lejos de los momentos extraordinarios se traen a las encrucijadas mayores de las ciudades para mantener el control sobre movimiento y desplazamientos; desde la periferia, como los viejos derechos de portazgo (hoy peaje de autopista), la vigilancia se planta en el centro de la ciudad y ante tus mismas narices observa el tránsito ya no de vehículos sino de peatones, pero no es suficiente, se descubre el tráfico malsano de la inseguridad y se tropieza con la utilidad de la televigilancia para impedirlo, en ese instante la gran ciudad queda reducida a plaza del pueblo que todos en un tiempo abandonamos, y volvemos a ser visibles y públicos, ya no anónimos. Así que dirigirse a lo público en tales condiciones poco tiene de interesante si no es hacia lo Público en un sentido distinto al que pueda tener estar en boca de todos, a su alcance, más bien será una intención Pública que devuelva tu anonimato y rescate tu privacidad como secreto necesario que te permita enfrentar los distintos poderes con lo poco que eres; mientras los cultivadores de la Lírica del Poder sólo te dejan respirar para que sigas transparente porque cada vez que crees no ser visto, alguien te mira: y te ven desde su atalaya, torre de cristal y vigilancia.

Es un problema de velocidades, ya nadie para en una plaza ni pasea por ella, el peatón ha desaparecido y los métodos de captación deben recurrir a otras artimañas: buscar peatones si quedan, parar al conductor en su trasiego; esta afirmación podría parecer enemiga de lo anterior, seguro que también lo es, aunque intento además decir que el Poder descubre la utilidad de la televigilancia para medir los desplazamientos de vehículos por la periferia de las ciudades y saber cuándo puede salir el siguiente en la carrera por el ocio; los poderes, utilizo indistintamente esta palabra en singular o plural porque todos los poderes responden al mismo Poder que todos conocemos, menos quien no se asume como carcelero; los poderes, decía, reconocen esta necesidad al comprender que el discurso de un Arte Público que levante al peatón de sus aceras ya no vale para nada, y no por inútil sino por su escasez, ni quedan peatones ni viandantes, sólo pasajeros o conductores, ahora el problema es modificar las velocidades de tránsito (algo que también sucedía con el peatón) pero llevado a un extremo que dificulta bastante la ejecución de las distintas prácticas de ganancia de la atención, no tanto en el pasajero: un peatón parado y aburrido, aunque siento la tentación de abundar en la relación entre el parado desempleado y el parado pasajero, no voy a alejarme del asunto; no tanto, repito, en el pasajero como en el conductor, al que has de extraer de varias inercias, muchas de ellas se me escapan en mi condición de peatón empedernido (o sea, ni parado ni parado). Por eso el arte público de los distintos poderes es tan eficaz, porque ha sabido absorber al conductor e interesarlo con sus cosas (las del Poder, claro), es la ventaja del arte institucional, que disfruta de la connivencia de muchos, por el mismo interés que antes indicaba de hacernos transparentes y predecibles siempre.

A estas alturas cualquiera habrá comprendido que el arte público es, por encima de todo, el que el Poder practica cada día con nosotros para tenernos bien cogidos y dejarnos la exclusiva respiración de los sueños, puerta por la que muchos escapan y salud que otros necesitan; los sueños no me valen, no sé si sueño pero por lo que sea no lo recuerdo, unos dicen que duermo con profundidad, otros que me reprendo, podrían ser ambas las razones, el caso es que no tengo sueños y no me escapo por esta vía, necesito otras como el Arte Público con mayúsculas, escrito así porque su intención es otra, ponerle al Poder las cosas fuera de sitio, molestar algo y descolocar lo suficiente las piezas para que la partida no pueda comenzar, porque al empezar ya está perdida; no hay manera de enfrentarse al Poder y ganar, sólo hay formas de confundirlo para que la guerra no vaya contigo, maneras de salir por un momento del tablero y poder respirar un rato, ese tiempo extra es el que te intentan dar desde el Arte Público al sacarte de la partida para que veas las reglas, suspendas los movimientos previstos y te des una vuelta por los alrededores de la vida, algo que el Poder no espera pero posible si dejas tu posición, te alejas de la trayectoria prevista y mueves lo suficiente para sacar de quicio a los poderes, dura muy poco pero basta para tomar aire, después la rutina te comerá los días, aunque saliste de madre el instante justo para que los miembros del Arte Público persistan en robar tu atención.

En realidad el arte interesa muy poco, así que algunos artistas muy preocupados por su falta de relevancia tratan de acercarse a los que nada quieren saber de ellos pero de una manera muy distinta a la atención que esperan quienes sólo buscan el reconocimiento; existen autores que no desesperan en su falta de repercusión, el tiempo se la dará y permanecen pacientemente encastillados porque no han llegado los tiempos para ellos, cuando lleguen serán reconocidos y obtendrán la relevancia que no tuvieron en vida porque fueron unos adelantados, y así viven tan felices, esperando su renacimiento y nada molestos porque su obra no transcienda por su precocidad; otros desesperan si nadie atiende a sus propuestas y las intentan cambiar para llegar a quien sea, porque hacer es llegar y entenderse, no basta con haber hecho ni consuela ser un adelantado porque quieres vivir los tiempos que te toquen para cambiarlos en lo posible; algo que nunca sucede con los adelantados que de tanto anticiparse nadie entiende y serán sus deudos quienes reparen en que su anticipación tuvo sentido (a nadie extrañará que me revienten las sensibilidades irrepetibles); no habitar la dulzura del triunfo en el porvenir para quien encuentra fallos si no obtiene repercusión desemboca en el Arte Público como manera de enfrentar el absurdo de un arte que no encuentra objetivos, muerto de mirarse el ombligo y vivo como si tal cosa.

En los últimos tiempos vemos al arte darle vueltas al cuerpo y su piel, dicen no encontrarse después del descubrimiento de enfermedades mortales que nos afectan, algunas de ellas con el marchamo de nueva plaga que lleva a los espíritus románticos, atentos a cualquier señal, a ver otra cruzada contra ellos mismos, siempre al límite; esta misma inquietud por el cuerpo lleva a otros artistas a interrogarse por esa primera piel (la corporal es piel y punto) del vestido, así nos encontramos con autores, sobre todo femeninos, repensando las funciones del 'sus labores' español durante tanto tiempo soportado; otros autores no femeninos, o sí, no lo sé porque no me aclaro con esto de los intercambios entre género y sexo, como tampoco sé cuándo ofendo o no en este tipo de asuntos, otros (si compete el barra a, otra lo pondrá) siguen dándole vueltas a los ropajes y nuestra presentación en sociedad bajo un vestido, a menudo un uniforme; pero el arte tiene grandes miras, y entramos en la segunda piel, la habitación, la casa, y desde ella un grupo de nuevos artistas en bloque a reconsiderar nuestras relaciones con la arquitectura y sus funciones de aislamiento de las inclemencias, (aquí duele) de los demás, al final todo termina en una dicotomía entre lo público y lo privado que olvida que lo público no tiene piel y sólo exige carne, la carnalidad de la proximidad, del acercamiento y la rotura de esas distancias inexistentes bajo el emporio de las telecomunicaciones, si no hay distancias habrá que ir despellejándose para dejar salir la carne que tenemos, habremos de quitar las pieles que nos damos hasta quedar en carne viva para los otros, ésta es la culpa, ese otros que no es cierto, impuesto a golpe de facticidad aunque no aparece por la realidad estricta en ningún momento, bueno, sólo después de las pieles que nos ponemos para conseguir una capa coriácea que nos deje antroposellados bajo distintos cierres que el Arte Público debe ir rompiendo para entrar en tu casa, en ti y cambiarte el ritmo, acercarte a los otros porque los otros también eres tú y lo tienes olvidado, cada sello es un lenguaje impuesto sobre cada piel con que nos visten los poderes para salir a la calle bien avisados y distintos a los otros, cada vez que sabes que no eres los otros, cada vez que consolidas la alteridad, el Poder crece contigo, cuando descubres que la alteridad es una cárcel muy sutil, d esapareces tú y ganamos todos.

Aclaro que Arte Público no quiere decir arte en espacios públicos como tampoco quiere decir arte en las calles, plazas y demás sitios de reunión pública de las ciudades, sólo quiere decir arte que espera influir en los otros hasta que dejen de serlo por la renuncia a una piel que nos ha vuelto insensibles y autistas; de igual manera aviso que en ningún momento he tratado de arte comprometido sino de arte que quiere influir en los demás casi siempre desde el entretenimiento, algo, entretener, puesto en segundo plano como si tuviéramos mejores medicinas contra el tedio, como si las hubiera.